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domingo, 5 de febrero de 2012

2012, EL AÑO DEL PELIGRO DE AGRESIÓN A IRAN.

El año de todos los peligros


Ignacio Ramonet
Le Monde Diplomatique




¿Será 2012 el año del fin del mundo? Es lo que vaticina una leyenda maya que incluso le pone fecha exacta al apocalipsis: el 12 de diciembre próximo (12-12-12). En todo caso, en un contexto europeo de recesión económica y de grave crisis financiera y social, los riesgos no escasearán este año, que verá además elecciones decisivas en Estados Unidos, Rusia, Francia, México y Venezuela.

Pero el principal peligro geopolítico seguirá situándose en el Golfo Pérsico.¿Lanzarán Israel y Estados Unidos el anunciado ataque militar contra las instalaciones nucleares iraníes? El gobierno de Teherán reivindica su derecho a disponer de energía nuclear civil. Y el presidente Mahmud Ahmadineyad ha repetido que el objetivo de su programa no es en absoluto militar; que su finalidad es simplemente producir energía eléctrica de origen nuclear. También recuerda que Irán firmó y ratificó el Tratado de No Proliferación Nuclear (TNP), mientras que Israel nunca lo hizo.

Por su parte, las autoridades israelíes piensan que no se debe esperar más. Según ellas, se acerca peligrosamente el momento en que el régimen de los ayatolás dispondrá del arma atómica, y a partir de ese instante ya no se podrá hacer nada. El equilibrio de fuerzas en Oriente Próximo se habrá roto, e Israel ya no gozará de una incontestable supremacía militar en la región. El gobierno de Benjamín Netanyahu estima que, en esas circunstancias, la existencia misma del Estado judío estaría amenazada.


Según los estrategas israelíes, el momento actual es tanto más propicio para golpear cuanto que Irán se encuentra debilitado. Tanto en el ámbito económico, a causa de las sanciones impuestas desde 2007 por el Consejo de Seguridad de la ONU, basadas en informes alarmantes del Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), como en el contexto geopolítico regional, porque su principal aliado, Siria, a causa de la violenta insurrección interna, se halla imposibilitado de prestarle una eventual ayuda. Y esta incapacidad de Damasco repercute en otro socio local iraní, el Hezbolá libanés, cuyas líneas de aprovisionamiento militar desde Teherán, han dejado de ser fiables.

Por estas razones, Israel desea que el ataque se lleve a cabo cuanto antes. En aras de preparar el bombardeo, ya hay infiltrados en Irán, efectivos de las fuerzas especiales. Y es muy probable que agentes israelíes hayan concebido los atentados que, estos dos últimos años, causaron la muerte de cinco importantes científicos nucleares iraníes.

Aunque Washington acusa igualmente a Teherán de estar llevando a cabo un programa nuclear clandestino para dotarse del arma atómica, su análisis a propósito de la oportunidad del ataque es diferente. Estados Unidos está saliendo de dos decenios de guerras en esa región, y el balance no es halagador. Irak ha sido un desastre y ha quedado finalmente en manos de la mayoría chií, la cual simpatiza con Teherán... En cuanto al lodazal afgano, las fuerzas estadounidenses se han mostrado incapaces de vencer a los talibanes, con los cuales la diplomacia norteamericana ha tenido que resignarse a negociar antes de abandonar pronto el país a su destino.

Estos costosos conflictos han debilitado a Estados Unidos y revelado a los ojos del mundo los límites de su potencia y su incipiente declive histórico. No es hora de nuevas aventuras. Menos en un año electoral en el que el presidente saliente, Barack Obama, no tiene la certeza de ser reelegido. Y cuando todos los recursos están siendo movilizados para combatir la crisis y reducir el desempleo.

Por otra parte, Washington está tratando de cambiar su imagen en el mundo árabe-musulmán, sobre todo después de las insurrecciones de la “primavera árabe” del año pasado. De cómplice de dictadores –en particular del tunecino Ben Alí y del egipcio Mubarak– desea ahora aparecer como mecenas de las nuevas democracias árabes. Una agresión militar contra Irán, en colaboración además con Israel, arruinaría esos esfuerzos y despertaría el antinorteamericanismo latente en muchos países. Sobre todo en aquellos cuyos nuevos gobiernos, precisamente surgidos de las revueltas populares, están dirigidos por islamistas moderados.

Una importante consideración complementaria: el ataque contra Irán tendría consecuencias no sólo militares (no se puede descartar que algunos misiles balísticos iraníes alcancen el territorio israelí o consigan golpear las bases norteamericanas de Kuwait, Bahréin u Omán) sino, sobre todo, económicas. La réplica mínima de Irán a un bombardeo de sus sitios nucleares consistiría, como sus responsables militares no cesan de prevenir, en el bloqueo del estrecho de Ormuz. Cerrojo del Golfo Pérsico, por él pasa un tercio del petróleo del mundo y unos 17 millones de barriles de crudo cada día. Sin ese aprovisionamiento, los precios de los hidrocarburos alcanzarían niveles insoportables, lo cual impediría la reactivación de la economía mundial y la salida de la recesión.

El Estado Mayor iraní afirma que “nada es más fácil de cerrar que ese Estrecho” y multiplica las maniobras navales en la zona para demostrar que está en condiciones de llevar a cabo sus amenazas. Washington ha respondido que el bloqueo de la vía estratégica de Ormuz sería considerado como un “caso de guerra”, y ha reforzado su V Flota que navega por el Golfo.

Es muy improbable que Irán tome la iniciativa de ocluir el paso de Ormuz (aunque siempre podría intentarlo en represalias a una agresión). En primer lugar porque se daría un tiro en un pie, ya que exporta su propio petróleo por esa vía, y que los recursos de esas exportaciones le son vitales.

En segundo lugar porque dañaría a algunos de sus principales socios, quienes le apoyan en su conflicto con Estados Unidos. Principalmente China, cuyas importaciones de petróleo, que alcanzan un 15%, proceden de Irán; y su eventual interrupción paralizaría parte de su aparato productivo.

Las tensiones están pues al rojo vivo. Las cancillerías del mundo observan minuto a minuto una peligrosa escalada que puede desembocar en un gran conflicto regional. Se verían implicados en él no sólo Israel, Estados Unidos e Irán, sino también otras tres potencias de Oriente Medio: Turquía, cuyas ambiciones en la región vuelven a ser considerables; Arabia Saudí, que sueña desde hace decenios con ver destruido a su gran rival islámico chií; e Irak, que podría romperse en dos partes, una chií pro-iraní, y otra suní pro-occidental.

Asimismo un bombardeo de los sitios nucleares iraníes causará una nube radiactiva nefasta para la salud de todas las poblaciones de la zona (incluidos los miles de militares estadounidenses y los habitantes de Israel). Todo ello conduce a pensar que si los belicistas están alzando con fuerza la voz, el tiempo de la diplomacia aún no ha terminado.


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lunes, 14 de marzo de 2011

SOBRE EL PELIGRO IGNORADO DE LAS CENTRALES NUCLEARES

¿El Síndrome de China y punto final? ¿Qué hay de la catástrofe nuclear japonesa?
Sobre el peligro ignorado de las centrales nucleares
Publicado el Domingo 13 de marzo de 2011, a las 21:21






El Síndrome de China
Carátula del DVD de la película de James Bridges.


Julio Castro – laRepúblicaCultural.es

De nuevo nos ocultan información a través de los medios de comunicación oficiales, y me refiero a un caso muy preocupante, como es el de las centrales nucleares que en Japón están en alerta por sucesivos accidentes acaecidos tras los terremotos y maremotos sucesivos de estos últimos días.

En primer lugar se ocultó el hecho de que había una central con problemas, cosa que sólo se averiguó a través (de nuevo) de las redes sociales que para eso son de alcance internacional. Mientras Twitter, Facebook y otras bullían sólo con informaciones ciudadanas acerca de los sucesos el primer día de fuertes terremotos, los informativos de rotativos y agencias oficiales apenas tocaban el tema, si no era para decir que se trataba de una central que se había detenido y cuyo sistema estaba controlado.

A medida que avanzaban las horas, apenas se sabría nada más, hasta que la evacuación de gente ya fue inevitable. Aún así se trataba de achacar la cuestión a seguridad preventiva y a otras cuestiones relacionadas con la falta de energía en la zona debido a los parones de las distintas nucleares. Lo cierto es que el gobierno nipón, supongo que por recomendación de Seguridad Nuclear (o tal vez a pesar de ella), había procedido a sacar material (dicen que en forma de vapor y para enfriar el reactor incendiado), con un nivel indeterminado de radiactividad. Aún no podemos tener la certeza de cómo ocurre esto, ni de la situación actual, varias explosiones después en esta central, que sigue incontrolada.

La tarde de hoy día 13 (más de 60 horas después del trágico terremoto), son varias las explosiones en distintas centrales. La realidad es que algunos de los núcleos de los reactores han comenzado a fusionarse por dentro, riesgo del cual no se nos habla claramente, y el problema de la refrigeración en las distintas centrales no se viene solucionando.




Ignoro el motivo por el que nadie dice con claridad el riesgo de hecatombe mundial que hay de forma inminente. Ignoro por qué los responsables mundiales de los países no están centrados en solucionar esta cuestión, mientras se nos sigue hablando de otros temas, como la involución económica que va a traer a no sé quiénes el desastre japonés.

La realidad está muy clarita en aquella película de finales de los ’70, un accidente en una central estadounidense, la de Three Miles Iland (o la Isla de las Tres Millas, un hecho real que sucedió en 1979, y que convenientemente se ocultó y se disfrazó hasta que algunos científicos descubrieron parte de la envergadura del accidente y del riesgo corrido) que sirve en el film de James Bridges, El Síndrome de China (1979), para denunciar un caso que, afortunadamente teórico, haría que el calentamiento descontrolado y la correspondiente fusión del núcleo de un reactor de una central nuclear, le llevaría a traspasar el suelo de la propia central, aumentando su masa a medida que avanza el proceso, llegando a salir por las antípodas del globo terráqueo (en el caso concreto habría sido China, y de ahí el nombre), con la posibilidad de partir el globo terrestre en dos. En cualquier caso, con unas consecuencias poco descritas, pero de hecatombe mundial para la vida en el planeta.

A estas alturas de la información nos empiezan a dejar caer noticias preocupantes acerca de la posible radiación (controlada, dicen), para que pensemos que ese es el principal peligro. En ciertos entornos se comienza a tratar la hipótesis del doctor W.G. Ergen (de 1967, que también estudió los métodos de emplazamiento de centrales nucleares y su mejor ubicación, cosa que ha quedado en el olvido, al parecer) y posteriormente del físico nuclear Ralph Lapp (en 1971, que fuera Director Ejecutivo del Comité de la Energía Atómica en Estados Unidos, para convertirse en activista contra la energía y el armamento nuclear más tarde), acerca del llamado Síndrome de China.

Quiero pensar que tendremos suerte una vez más, y que no ocurrirá nada más grave que unos millares de muertos por la radiación, unos miles de hectáreas que nunca podrán volver a ser habitadas, secuelas de por años en algunas personas y “nada más”. Si es así, no habrán condenado al resto de la vida planetaria. Pero si es de otra manera,… ¿qué?

Seguirán diciéndonos que la energía nuclear es necesaria, pero nos preguntaremos de nuevo ¿para quién? ¿para las empresas eléctricas?¿para las grandes corporaciones, los especuladores y la bolsa? Puede que esta haya sido la última ocasión de parar y dar marcha atrás, pero vemos que la naturaleza ya ha comenzado su inconsciente rebelión, y que estamos a merced de sucesos aleatorios que pueden dar al traste con la vida.


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