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miércoles, 17 de abril de 2013

TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN La verdadera iglesia de los pobres



 TEOLOGÍA DE LA LIBERACIÓN

La verdadera iglesia de los pobres


El papa Francisco dijo, el sábado 16 de marzo, querer "una iglesia pobre, para los pobres". El primer papa latinoamericano, Francisco, parece querer distinguirse de las ideas y prácticas de su predecesor, refiriéndose a San Francisco de Asís y poniendo la pobreza en el centro de su pontificado. Por ser también de origen sudamericano, ¿está cercano a la teología de la liberación? Nos permitimos dudarlo.

Lo que se designa habitualmente por teología de la liberación –un corpus de textos producidos desde 1971 por figuras como Gustavo Gutiérrez, Hugo Assmann, Frei Betto, Leonardo Boff, Pablo Richard, Enrique Dussel, Jon Sobrino, Ignacio Ellacuría, por no citar más que los más conocidos– no es sino la expresión intelectual y espiritual de un amplio movimiento social, nacido al menos una decena de años antes, que se manifiesta a través de una tupida red de pastorales populares (de la tierra, obrera, urbana, indígena, de la mujer), de comunidades eclesiales de base, de grupos de barrio, de comisiones justicia y paz, de formaciones de Acción Católica, que han asumido de forma activa la opción preferencial por los pobres.
No bajo la forma tradicional de la caridad, sino como solidaridad concreta con la lucha de los pobres por su liberación. Sin la práctica de este movimiento social –que se podría llamar cristianismo de la liberación–, no se pueden comprender fenómenos sociopolíticos tan importantes en la historia reciente de América Latina como el ascenso de la revolución en América Central –Nicaragua, El Salvador–, la emergencia de un nuevo movimiento obrero y campesino en Brasil, o el levantamiento zapatista de Chiapas.

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sábado, 29 de octubre de 2011

LA CAIDA DEL MURO DE BERLÍN Y LA AGONÍA DEL ESTADO DEL BIENESTAR

La caída del Muro de Berlín y la agonía del estado de bienestar

Viernes, octubre 21, 2011, 10:00

La caída del Muro de Berlín inició una serie de cambios que con el tiempo provocarían una notoria regresión en el equilibro económico y social de posguerra.
Tras la disolución de la URSS (y aventado el miedo de las burguesías), la víctima siguiente será el estado de bienestar, ya que su nacimiento fue producto de aquel temor, y ahora agoniza porque el enemigo murió. Dos crisis, hermanas pero no gemelas, impactan en la Unión Europea y condensan aquellos cambios estructurales.

La primera fue provocada por la paulatina subordinación de la producción industrial al capital financiero. El ejemplo más claro -dice Joseph Stiglitz, premio Nóbel de Economía- es que en 2008, cuando se desmoronan las hipotecas sub-prime, por cada dólar de valores reales como edificios, autos, campos y fábricas (en suma, el PBI mundial) había en circulación 20 dólares de valores simbólicos como dinero, acciones, préstamos, títulos, bonos, derivados, etc. Esta relación de 20 a 1 muestra la escala del sometimiento.

La segunda es la crisis del endeudamiento público de la mayoría de los países europeos, sobre todo de los menos desarrollados, que desbordó la relación entre compromisos estatales y PBI.

Los gobiernos eludieron con subterfugios las duras restricciones del Tratado de Maastrich (fundador del euro) y ahora la relación deuda-producto y déficit-producto se volvió inmanejable. Y como los países ya no cuentan con sus monedas nacionales no pudieron devaluar para eludir de la tormenta. Otra hubiera sido la canción si España seguía con sus pesetas y Grecia con sus dracmas, pero el euro les ató las manos.


¿Quién estuvo todo el tiempo manejando los hilos? Tanto la primacía de la especulación sobre el PBI como el desmadre de las deudas estatales confluyen para redondear el gran negocio de la banca mundial, convertido, después, en la excusa necesaria para recortar los programas de educación, salud, jubilaciones, etc. “El ajuste es inevitable”, dice Mariano Rajoy, candidato del Partido Popular español en las próximas elecciones.

La consecuencia es la regresión de las políticas sociales, porque de su recorte salen los fondos con que los gobiernos compensan a los bancos para salir de la crisis… generada por la hegemonía financiera. Los gobiernos recortarán los beneficios que hoy disfrutan los europeos de a pie para compensar a la gran banca por haberlos perjudicado a todos. El capitalismo también tiene su lógica, sólo que no tiene nada que ver con el sentido común ni con la justicia.

Los europeos tendrán que sufrir privaciones para cubrir las pérdidas de los bancos, generadas por las deudas estatales impagas, que son, a su vez, el producto de la escalada especulativa. Los gobiernos de España, Italia, Grecia, Portugal, Irlanda, Islandia y los países bálticos repondrán a la banca tanto el capital que prestaron como el interés devengado. Y lo pagará el ciudadano.

Aparte de esta exacción colectiva, la mayoría de los bancos privados de todo el mundo lava el dinero negro de la venta de drogas, de la evasión impositiva mundial y del tráfico ilegal de armas, rubros que suman unos 6 billones (millones de millones) de dólares por año. Es el corazón negro del capitalismo. La comisión anual de la banca por este servicio es del 16 por ciento, casi otro billón, limpio de polvo y paja. Esto deja claro quién manda en los Estados Unidos, en Europa y en el mundo.

Veintidós años después de la caída del Muro se advierte que el estado de bienestar sólo fue un escudo de protección contra el avance (real o imaginario) del comunismo, y que el publicitado “capitalismo con rostro humano” de la socialdemocracia tuvo más que ver con el miedo que con el humanismo. Hay una relación directamente proporcional entre la implosión del llamado socialismo real y la caída progresiva del estado de bienestar en la Unión Europea.

La socialdemocracia no ha podido desarrollar políticas independientes, por eso la crisis la ubicó en la misma trinchera que el liberalismo. Las próximas elecciones europeas medirán el repudio popular ante semejante abandono.

En el capitalismo europeo de las últimas décadas las finanzas mandan, la producción obedece y los políticos siguen aportándole dinero público a la banca privada, mientras que en la otra balanza aumentan los desocupados, se congelan los salarios y se desmonta ladrillo a ladrillo la mayoría de los beneficios sociales acumulados durante más de medio siglo. Alemania reducirá el gasto social en 110 mil millones de euros; Francia en 100 mil millones. Otro tanto harán Italia, España, Inglaterra, todos. ¿A dónde irá a parar ese dinero? Naturalmente, a los bancos.

Norberto Colominas


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lunes, 14 de febrero de 2011

LA LEY SINDE Y LA EXTENSIÓN DEL CAPITALISMO A LA SOCIEDAD DE LA INFORMACIÓN

La extensión del capitalismo a la economía de la información


El cambio climático, la ley Sinde y las 35 horas


Rafael Pla López / feb 11

Probablemente más de un lector esté pensando: "el Pla alucina, ¿qué tendrá que ver una cosa con otra?". Pues mucho. No es casual que la llamada "Ley Sinde" contra las descargas fuera realmente una disposición adicional de la llamada Ley de Economía Sostenible, en una situación en que el continuado crecimiento del consumo de recursos naturales, y señaladamente de energía, se revela como insostenible, tanto por el previsible agotamiento de las fuentes fósiles de energía como por las repercusiones de su combustión en el acelerado cambio climático, a través del llamado "efecto invernadero" provocado por la emisión de CO2.

Ahora bien, el problema es que el sistema capitalista requiere de un crecimiento sostenido. Y ante la imposibilidad práctica del mismo con una economía basada en la energía, que choca desde hace décadas con los límites ecológicos del planeta, se han explorado distintos caminos: uno ha sido sustituir el protagonismo de la economía productiva real por el del capital financiero; otro el desplazamiento hacia una "economía de la información", como la que produjo la burbuja de los llamados "dot com", los negocios basados en el uso comercial de Internet, que estalló en los años 90. Y la burbuja financiera mundial estalló en 2008, generando la profunda crisis global del capitalismo que estamos aún viviendo.



Dicha crisis ha hecho más perentorio el proyecto de pasar de una economía basada en la energía a una economía basada en la información, cuyas posibilidades de crecimiento continuado parecen más viables (no en vano la llamada Ley de Moore estipula que cada dos años se duplica la capacidad de los ordenadores para procesar información) y menos condicionadas por los límites del planeta. En esa dirección, la "Estrategia de Lisboa" se marcó el objetivo de convertir la Unión Europea en "la economía del conocimiento más competitiva y dinámica del mundo".

Pero el problema es que la información se resiste a ser tratada como una mercancía. Cuando se encontraba estrechamente vinculada a un soporte físico, éste podía venderse y comprarse sin problemas. Pero con su tratamiento en soporte informático, y al ser el coste de su reproducción una porción ínfima del coste de su producción, las leyes del mercado devienen inaplicables, y la facilidad de circulación de información a través de Internet multiplica dicho efecto. Ello ya provocó en su día el estallido de la burbuja de las "dot.com", y convierte la llamada piratería informática en un fenómeno imparable.

En esta situación, la extensión del capitalismo a la "economía de la información" no puede dejarse al libre juego del mercado, y les obliga a olvidarse de los dogmas neoliberales para recurrir al control político directo, al más puro estilo feudal. Lo hicieron con el llamado "canon digital", y lo intentan ahora con la llamada Ley de Economía Sostenible. No se trata sólo de la disposición adicional permitiendo el cierre administrativo de páginas web de descargas, sino que recorre toda la Ley bajo la bandera de la llamada "propiedad intelectual", concepto aberrante en sí mismo que pretende una inviable extensión de la propiedad sobre las cosas a la propiedad sobre las ideas, o sobre una información que, en definitiva, no es sino una sucesión de ceros y unos.

Los capitalistas están ahora probando su propia medicina: después de décadas proclamando la inevitabilidad de las leyes económicas, topetan ahora con la inevitabilidad de la libre circulación de información en la era de Internet: no se trata sólo de que los internautas encuentren sistemáticamente vías para sortear las prohibiciones, como el P2P o los anonimizadores, sino que la experiencia industrial china o las filtraciones de Wikileaks muestran la dificultad de mantener los secretos encerrados bajo siete llaves.

De hecho, la objetividad económica a lo que apunta es al carácter público de la Economía de la Información. Y es desde el sector público desde donde puede impulsarse de forma eficaz, no supeditándola al lucro privado, sino en una perspectiva socialista.

Hay que destacar que ya actualmente una gran parte de la información que circula por Internet ha sido generada al margen de circuitos comerciales, como resultado de una actividad voluntaria y libre de ocio creativo. Ello se extenderá si el incremento de la productividad material junto con las limitaciones al crecimiento material lleva al resultado lógico de reducir la jornada de trabajo forzoso, como propugnamos con la Ley de las 35 horas. Y para aquéllos cuyo nivel de calidad y la buena recepción de sus obras haga conveniente que se dediquen en exclusiva a la producción cultural, hay mecanismos de retroalimentación para que los receptores satisfechos de sus trabajos puedan hacer constar su satisfacción y justificar su retribución pública como trabajadores de la cultura, que no hay que confundir con los negociantes de la cultura que no pretenden vivir de su trabajo, sino de su propiedad.



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domingo, 13 de febrero de 2011

UNA CONCEPCIÓN CUALITATIVA DEL DESARROLLO, FRENTE A LA LÓGICA CAPITALISTA DEL LUCRO

Por una Sociedad Ahorrativa y Solidaria
Una concepción cualitativa del desarrollo


Jean-Marie Harribey
Ecoportal.net


Frente a la lógica capitalista del lucro, que asocia desarrollo con crecimiento, quienes promueven el decrecimiento como fin en sí mismo contra el dominio occidental parten de la misma asociación. Se impone elaborar una noción de desarrollo que permita satisfacer las necesidades básicas de los países pobres y respetar el medio ambiente.




Se supone que el "desarrollo duradero" o "sustentable", doctrina oficial de Naciones Unidas, puede garantizar el bienestar de las generaciones presentes sin comprometer el de las futuras (1). Es un salvavidas al que se aferran todos los gobiernos partidarios fervientes y practicantes de la agricultura intensiva y los directivos de empresas multinacionales que despilfarran los recursos, vierten sin vergüenza sus desechos en el medio ambiente y fletan barcos "tachos de basura", mientras las organizaciones no gubernamentales ya no saben más qué hacer y la mayoría de los economistas son culpables del flagrante delito de ignorar las restricciones naturales.

Sin embargo, el programa de desarrollo duradero tiene la mancha de un vicio fundamental: la suposición de que proseguir con un crecimiento económico infinito es compatible con el mantenimiento de los equilibrios naturales y la resolución de los problemas sociales. "Lo que necesitamos es una nueva era de crecimiento, un crecimiento vigoroso y, al mismo tiempo, social y "medioambientalmente" sustentable", enunciaba el informe Brundtland (2).



Este postulado está basado en dos afirmaciones muy frágiles. La primera es de orden ecológico: el crecimiento podría continuar porque la cantidad de recursos naturales requerida por unidad de producto disminuye con el progreso técnico. Se podría, entonces, producir más con menos materias primas y energía. Pero por desgracia la menor utilización de recursos naturales está más que compensada por el aumento general de la producción; así, la extracción de los recursos y la polución continúan aumentando, como reconoce el informe del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD): ?Desde hace algunos años, en todo el mundo los procesos de producción se han vuelto más ahorrativos en energía. Sin embargo, dado el aumento de los volúmenes producidos, esos progresos son claramente insuficientes para reducir las emisiones de dióxido de carbono a escala mundial?(3).

La Agencia Internacional de Energía (AIE) se alarma por la desaceleración de los progresos logrados en materia de intensidad energética (4): entre 1973 y 1982, esa intensidad había disminuido en promedio el 2,5% anual en los países representados en la AIE; luego disminuyó sólo el 1,5% anual entre 1983 y 1990; y desde 1991 el 0,7% anual (5).

La segunda afirmación cuestionable se sitúa en el nivel social: el crecimiento económico sería capaz de reducir la pobreza y las desigualdades y de reforzar la cohesión social. Pero el crecimiento capitalista es necesariamente desigual, tan destructor como creador, y se alimenta de las desigualdades para suscitar permanentes frustraciones y nuevas necesidades.

En los últimos cuarenta años, y a pesar del considerable crecimiento de la riqueza producida en el mundo, las desigualdades han explotado: la brecha entre el 20% de los más pobres y el 20% de los más ricos era de 1 a 30 en 1960; hoy es de 1 a 80. Esto no debe extrañar, ya que el paso a un régimen de acumulación financiera puso patas para arriba los mecanismos de distribución del valor de lo producido. En efecto, el aumento de la exigencia de remuneración de las clases capitalistas, especialmente por la vía del crecimiento de los dividendos, condenó a decrecer la parte del valor agregado correspondiente a los asalariados, tanto bajo la forma de salarios directos como de prestaciones sociales.

El propio Banco Mundial confiesa que no se alcanzará el objetivo de reducir a la mitad la cantidad de personas que viven en la pobreza absoluta de aquí al año 2015 (6), ya que más de 1.100 millones viven todavía con el equivalente a menos de un dólar diario. El último informe de la Conferencia de Naciones Unidas sobre el Comercio y el Desarrollo (UNCTAD) establece que los países pobres menos abiertos a la mundialización son los que más han progresado en términos de ingreso por habitante, al revés de los países más abiertos (7).


La incapacidad para pensar el futuro fuera del paradigma del crecimiento económico permanente es, sin duda, la falla principal del discurso oficial sobre el desarrollo duradero. A pesar de sus estragos sociales y ecológicos, el crecimiento, del cual ningún responsable político o económico quiere disociar el desarrollo, funciona como una droga dura. Cuando es fuerte, se mantiene la ilusión de que puede resolver los problemas "que en gran parte ha generado" y que cuanto más fuerte sea la dosis, mejor estará el cuerpo social. Cuando es débil, se hace sentir su falta, y resulta mucho más dolorosa por el hecho de no haberse previsto ninguna desintoxicación.

Así, detrás de la "anemia" actual del crecimiento, se esconde una "anomia" creciente en las sociedades minadas por el capitalismo liberal, que se muestra incapaz de dar un sentido a la vida en sociedad que no sea el consumismo, el despilfarro, el acaparamiento de los recursos naturales y de los ingresos provenientes de la actividad económica y, a fin de cuentas, el aumento de las desigualdades. El primer capítulo de El Capital (1863), de Karl Marx, es premonitorio cuando critica a la mercancía: el crecimiento se transforma en el nuevo opio de los pueblos, cuyos puntos de referencia culturales y solidaridades colectivas son quebrados para que se hundan en el abismo sin fondo de la mercantilización.

El dogma dominante ha sido bien traducido por Jacques Attali que, como buen profeta, cree haber detectado a comienzos del año 2004 "una agenda de crecimiento fabuloso" que sólo "contingencias no económicas, por ejemplo, un resurgimiento del SARS," podrían de hacer fracasar. Para todos los ideólogos del crecimiento afectados de ceguera, la ecología, es decir, la toma en consideración de las relaciones del ser humano con la naturaleza, no existe: la actividad económica se desarrolla in abstracto, fuera de la biosfera.

Es hacer poco caso del carácter entrópico de las actividades económicas. Aunque la Tierra sea un sistema abierto que recibe la energía solar, forma un conjunto dentro del cual el hombre no puede superar los límites de sus recursos y de su espacio. Ahora bien, la "presión ecológica", es decir, la superficie necesaria para todas las actividades humanas sin destruir los equilibrios ecológicos, alcanza ya al 120% del planeta. Así, serían necesarios cuatro o cinco planetas si toda la población mundial consumiera y vertiera tantos desechos como los habitantes de Estados Unidos.

La Teoría del Decrecimiento

En estas condiciones, la idea de "decrecimiento", lanzada por Nicholas Georgescu-Roegen, encuentra un eco favorable en un sector de ecologistas y altermundialistas. Llevando más lejos el enfoque teórico, algunos autores instan a renunciar al desarrollo, que según ellos no puede disociarse de un crecimiento mortífero. Rechazan cualquier calificativo dirigido a rehabilitar el desarrollo que conocemos "ya sea humano, duradero o sustentable" porque no puede ser otra cosa que lo que ha sido, es decir, el vector de la dominación occidental en el mundo. Así, Gilbert Rist denuncia al desarrollo como una "palabra fetiche" (13), y Serge Latouche condena al desarrollo duradero por ser un "oxímoron" . ¿Por qué, entonces, aunque criticamos como ellos el productivismo que implica el reinado de la producción de mercado, no nos convence su rechazo del desarrollo?

En el plano político, no sería justo disponer de manera uniforme el decrecimiento de los que nadan en la abundancia y de aquellos a quienes les falta lo esencial. Las poblaciones pobres tienen derecho a un tiempo de crecimiento económico y es inaceptable la idea de que la pobreza extrema remite a una simple proyección de los valores occidentales, o a un puro imaginario.

Habrá que construir escuelas para suprimir el analfabetismo y centros de salud para permitir que la población se cuide, y habrá que crear redes para llevar el agua potable a todas partes y para todos.

Entonces es perfectamente legítimo continuar llamando "desarrollo" a la posibilidad, para todos los habitantes de la Tierra, de acceder al agua potable, a una alimentación equilibrada, a la atención médica, a la educación y a la democracia. Definir las necesidades esenciales como derechos universales no equivale a avalar la dominación de la cultura occidental ni a adherir a la creencia liberal en derechos naturales como el de la propiedad privada. En efecto, los derechos universales son una construcción social que resulta de un proyecto político de emancipación, que permite la instalación de un nuevo imaginario sin quedar reducido al "imaginario universalista de los "derechos naturales"? que criticaba Cornelius Castoriadis.

Por otro lado, no es razonable oponer al crecimiento económico "elevado por el capitalismo al rango de objetivo en sí mismo" el decrecimiento "a su vez erigido por los anti-desarrollistas en objetivo en sí mismo" . En efecto, se trata de dos escollos simétricos: el crecimiento quiere desplegar la producción hacia el infinito; y el decrecimiento no puede, con toda lógica y si no se pone algún límite, más que hacerla tender a cero.

El principal teórico del decrecimiento en Francia, Serge Latouche, parece ser consciente de ello cuando escribe: "La consigna de decrecimiento tiene como objeto primordial marcar fuertemente el abandono del insensato objetivo del crecimiento por el crecimiento, objetivo cuyo motor no es otro que la búsqueda desenfrenada de ganancias para los poseedores del capital.

Evidentemente, no apunta hacia un cambio caricaturesco que consistiría en promover el decrecimiento por el decrecimiento. En particular, el decrecimiento no es "crecimiento negativo", expresión antinómica y absurda que traduce el dominio del imaginario del crecimiento" .

¿Pero que significaría un decrecimiento que no fuera una disminución de la producción? Serge Latouche trata de escapar a esa trampa diciendo que quiere "salir de la economía de crecimiento y entrar en una "sociedad de decrecimiento"?. ¿Continuaría creciendo la producción? Entonces ya no se entendería el término decrecimiento. ¿O bien se la controlaría, y entonces desaparecería el desacuerdo? Por otra parte, Serge Latouche termina admitiendo que la consigna de decrecimiento para todos los habitantes de la tierra es inadecuada: "En lo que se refiere a las sociedades del Sur, este objetivo no forma verdaderamente parte de la agenda: aun cuando estén atravesadas por la ideología del crecimiento, en su mayoría no son verdaderamente "sociedades de crecimiento"? . Pero subsiste una terrible ambigüedad: ¿pueden los pueblos pobres incrementar su producción o las sociedades de "no crecimiento" deberían seguir siendo pobres?

Los anti-desarrollistas atribuyen el fracaso de las estrategias del desarrollo al supuesto vicio fundamental de todo desarrollo; nunca a las relaciones de fuerza sociales que, por ejemplo, impiden a los campesinos tener acceso a la tierra a causa de estructuras de propiedad desiguales. De allí el elogio sin matices de la economía informal, olvidando que ésta vive con frecuencia sobre los restos de la economía oficial. Y de allí la definición de salida del desarrollo como salida de la economía, porque ésta no podría ser diferente de la construida por el capitalismo. La racionalidad de la "economía", en el sentido de economizar los esfuerzos del hombre que trabaja y los recursos naturales utilizados para producir, se coloca en el mismo plano que la racionalidad de la rentabilidad, es decir de la ganancia.

Cualquier mejora de la productividad del trabajo se encuentra así asimilada al productivismo. En resumen, se nos dice que la cosa económica no existiría fuera del imaginario occidental que la ha creado, con el pretexto de que algunas culturas no conocen las palabras "economía" y "desarrollo", cuyo uso nos resulta familiar. Pero aunque las palabras no sean esas, la realidad material, es decir, la producción de los medios para la existencia, sí está allí. La producción es una categoría antropológica, aun cuando el marco y las relaciones en las cuales se realice sean sociales. Resulta de esta confusión "que equivale a volver a hacer del capitalismo un dato universal y no histórico, lo que recuerda curiosamente al dogma liberal? una incapacidad para pensar simultáneamente la crítica del productivismo y la del capitalismo: sólo la primera se realiza, pero sin vincularla con la de las relaciones sociales dominantes. Querer "salir de la economía" (19) al mismo tiempo que se pretende volver a insertar "lo económico en lo social" (20) resulta, por lo menos, curioso.


En el plano teórico, o bien se considera que existe alguna diferencia entre crecimiento y desarrollo, o bien se ve en ambos fenómenos una misma lógica de extensión perpetua, lo que lleva a un callejón sin salida. La segunda posición es fácilmente identificable ya que es la de los partidarios del decrecimiento, que al mismo tiempo son anti-desarrollistas; pero la primera posición es reivindicada tanto por economistas liberales como antiliberales.


Los liberales afirman perseguir objetivos cualitativos que no se reducen al crecimiento material, sobre todo desde el fracaso social de los planes de ajuste estructural del FMI y del Banco Mundial. Pero esta distinción entre crecimiento (cuantitativo) y desarrollo (cualitativo) representa una impostura en la lógica liberal desde el momento en que el crecimiento es considerado como una condición necesaria y suficiente del desarrollo, y además eternamente posible.

Por su parte, viendo los estragos sociales y ecológicos de un modo de desarrollo que parece indisociablemente ligado al crecimiento, los economistas antiliberales, provenientes del marxismo, del estructuralismo o del tercermundismo de los años 1960-1970, tienen muchas dificultades para hacer que se puedan distinguir ambas nociones. A los adversarios de cualquier desarrollo, en cambio, les resulta fácil recusar el crecimiento y el desarrollo, negando toda posibilidad de disociarlos.

Objetivo: Desaceleración

¿Se puede superar esta contradicción? El capitalismo tiene interés en hacer creer que crecimiento y desarrollo van siempre juntos, ya que la mejora del bienestar humano sólo puede pasar por el crecimiento perpetuo de la cantidad de mercancías. Debemos entonces fundamentar para el futuro "porque hoy en día verdaderamente no existe" una distinción radical entre ambos conceptos: la mejora del bienestar y el logro del pleno desarrollo de las potencialidades humanas es algo que se realiza fuera del camino del crecimiento infinito de las cantidades producidas y consumidas, fuera del camino de la mercancía y del valor de cambio). Se realiza en el camino del valor de uso y de la calidad del tejido social que puede nacer a su alrededor.

Si se aplicara indistintamente a todos los pueblos y para todo tipo de producción, la consigna de decrecimiento sería injusta e inoperante. En primer lugar, porque el capitalismo nos impone actualmente un cierto decrecimiento, sobre todo en los bienes y servicios de los que tenemos socialmente más necesidad: transporte colectivo, salud, educación, ayuda a las personas de edad, etc. Y luego, porque no toda la producción es forzosamente contaminante y degradante. El Producto Interno Bruto (PIB), valuado monetariamente, registra el crecimiento de las actividades de servicios "incluso los no mercantiles" cuya presión sobre los ecosistemas no es comparable a la de la industria y la agricultura. La naturaleza del crecimiento importa entonces por lo menos tanto como su amplitud. La urgente necesidad de disminuir la presión ecológica no implica el decrecimiento de todas las producciones sin distinción entre ellas ni entre aquellos a los están destinadas.

La utilización planetaria de los recursos debe organizarse de manera tal que los países pobres puedan lograr el crecimiento necesario para la satisfacción de sus necesidades esenciales y que los más ricos se vuelvan ahorrativos. En lo referido a los países pobres, cualquiera sea el modelo que se les imponga sólo podrá ser destructor de sus raíces culturales y constituirá un obstáculo para un desarrollo realmente emancipador. Dentro de los países ricos, conviene pensar las políticas en función de la transición que se debe garantizar: la separación progresiva del crecimiento y el desarrollo.

Todo lo cual no pasa por un decrecimiento ciego, inaceptable para la mayoría de los ciudadanos, sino por el objetivo de una desaceleración que permita engranar la transformación de los procesos productivos y también la de las representaciones culturales: la desaceleración del crecimiento, como una primera etapa antes de emprender el decrecimiento selectivo, comenzando por las actividades dañinas, para una economía reorientada hacia la calidad de los productos y de los servicios colectivos, una distribución primaria de los ingresos más igualitaria y una caída regular del tiempo de trabajo a medida que se logran incrementos de productividad, única manera de promover el empleo fuera del crecimiento. Sabiendo que cualquier cuestionamiento del modelo de desarrollo actual no será realista si no se cuestionan simultáneamente las relaciones sociales capitalistas, que son su soporte.

Definir el desarrollo como la evolución de una sociedad que utilice sus incrementos de productividad no para aumentar indefinidamente una producción generadora de polución, de degradaciones del medio ambiente, de insatisfacciones, de deseos inhibidos, de desigualdades y de injusticias, sino para disminuir el tiempo de trabajo de todos, compartiendo más equitativamente los ingresos de la actividad, no constituye una vuelta atrás con relación a la crítica del desarrollo actual. Eso no nos condena a quedar dentro del paradigma utilitarista, a condición de que los incrementos de productividad se logren sin degradar las condiciones de trabajo ni la naturaleza.

A partir del momento en que se admita que la humanidad no volverá a la situación anterior al desarrollo y que, por eso mismo, los incrementos de productividad existen y existirán, su uso debe ser pensado y compatibilizado con la reproducción de los sistemas vivos. Se puede hacer la hipótesis de que la disminución del tiempo de trabajo puede contribuir a despejar nuestro imaginario de la fantasía de tener siempre más para ser mejor, y de que la extensión de los servicios colectivos, de la protección social y de la cultura, sustraídos al apetito del capital, es fuente de una riqueza inconmensurable respecto de la que privilegia el mercado. Detrás de la cuestión del desarrollo están en juego las finalidades del trabajo y, por lo tanto, el camino hacia una sociedad ahorrativa y solidaria.

Jean-Marie Harribey
Profesor auxiliar en la Universidad de Bordeaux IV, miembro del Consejo Científico de Attac, coordinador del libro "Le développement a-t-il un avenir" Pour une société solidaire et économe", Mille et une Nuits, París,2004.

Traducción: Lucía Vera .- Fuente Asamblea El Almacén




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