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jueves, 6 de octubre de 2011

HAITÍ, PAÍS OCUPADO

Haití, país ocupado
Eduardo Galeano · · · · ·

02/10/11










Texto leído el pasado 27 de septiembre por el escritor uruguayo en la Biblioteca Nacional (Buenos Aires) en el marco de la mesa-debate “Haití y la respuesta latinoamericana”, en la que participaron además Camille Chalmers y Jorge Coscia.

Consulte usted cualquier enciclopedia. Pregunte cuál fue el primer país libre en América. Recibirá siempre la misma respuesta: los Estados Unidos. Pero los Estados Unidos declararon su independencia cuando eran una nación con seiscientos cincuenta mil esclavos, que siguieron siendo esclavos durante un siglo, y en su primera Constitución establecieron que un negro equivalía a las tres quintas partes de una persona.

Y si a cualquier enciclopedia pregunta usted cuál fue el primer país que abolió la esclavitud, recibirá siempre la misma respuesta: Inglaterra. Pero el primer país que abolió la esclavitud no fue Inglaterra sino Haití, que todavía sigue expiando el pecado de su dignidad.

Los negros esclavos de Haití habían derrotado al glorioso ejército de Napoleón Bonaparte y Europa nunca perdonó esa humillación. Haití pagó a Francia, durante un siglo y medio, una indemnización gigantesca, por ser culpable de su libertad, pero ni eso alcanzó. Aquella insolencia negra sigue doliendo a los blancos amos del mundo.

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De todo eso, sabemos poco o nada.

Haití es un país invisible.

Sólo cobró fama cuando el terremoto del año 2010 mató a más de doscientos mil haitianos.

La tragedia hizo que el país ocupara, fugazmente, el primer plano de los medios de comunicación.

Haití no se conoce por el talento de sus artistas, magos de la chatarra capaces de convertir la basura en hermosura, ni por sus hazañas históricas en la guerra contra la esclavitud y la opresión colonial.

Vale la pena repetirlo una vez más, para que los sordos escuchen: Haití fue el país fundador de la independencia de América y el primero que derrotó la esclavitud en el mundo.

Merece mucho más que la notoriedad nacida de sus desgracias.

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Actualmente, los ejércitos de varios países, incluyendo el mío, continúan ocupando Haití. ¿Cómo se justifica esta invasión militar? Pues alegando que Haití pone en peligro la seguridad internacional.

Nada de nuevo.

Todo a lo largo del siglo diecinueve, el ejemplo de Haití constituyó una amenaza para la seguridad de los países que continuaban practicando la esclavitud. Ya lo había dicho Thomas Jefferson: de Haití provenía la peste de la rebelión. En Carolina del Sur, por ejemplo, la ley permitía encarcelar a cualquier marinero negro, mientras su barco estuviera en puerto, por el riesgo de que pudiera contagiar la peste antiesclavista. Y en Brasil, esa peste se llamaba haitianismo.

Ya en el siglo veinte, Haití fue invadido por los marines, por ser un país inseguro para sus acreedores extranjeros. Los invasores empezaron por apoderarse de las aduanas y entregaron el Banco Nacional al City Bank de Nueva York. Y ya que estaban, se quedaron diecinueve años.

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El cruce de la frontera entre la República Dominicana y Haití se llama El mal paso.

Quizás el nombre es una señal de alarma: está usted entrando en el mundo negro, la magia negra, la brujería...

El vudú, la religión que los esclavos trajeron de Africa y se nacionalizó en Haití, no merece llamarse religión. Desde el punto de vista de los propietarios de la Civilización, el vudú es cosa de negros, ignorancia, atraso, pura superstición. La Iglesia Católica, donde no faltan fieles capaces de vender uñas de los santos y plumas del arcángel Gabriel, logró que esta superstición fuera oficialmente prohibida en 1845, 1860, 1896, 1915 y 1942, sin que el pueblo se diera por enterado.

Pero desde hace ya algunos años, las sectas evangélicas se encargan de la guerra contra la superstición en Haití. Esas sectas vienen de los Estados Unidos, un país que no tiene piso 13 en sus edificios, ni fila 13 en sus aviones, habitado por civilizados cristianos que creen que Dios hizo el mundo en una semana.

En ese país, el predicador evangélico Pat Robertson explicó en la televisión el terremoto del año 2010. Este pastor de almas reveló que los negros haitianos habían conquistado la independencia de Francia a partir de una ceremonia vudú, invocando la ayuda del Diablo desde lo hondo de la selva haitiana. El Diablo, que les dio la libertad, envió al terremoto para pasarles la cuenta.

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¿Hasta cuándo seguirán los soldados extranjeros en Haití? Ellos llegaron para estabilizar y ayudar, pero llevan siete años desayudando y desestabilizando a este país que no los quiere.

La ocupación militar de Haití está costando a las Naciones Unidas más de ochocientos millones de dólares por año.

Si las Naciones Unidas destinaran esos fondos a la cooperación técnica y la solidaridad social, Haití podría recibir un buen impulso al desarrollo de su energía creadora. Y así se salvaría de sus salvadores armados, que tienen cierta tendencia a violar, matar y regalar enfermedades fatales.

Haití no necesita que nadie venga a multiplicar sus calamidades. Tampoco necesita la caridad de nadie. Como bien dice un antiguo proverbio africano, la mano que da está siempre arriba de la mano que recibe.

Pero Haití sí necesita solidaridad, médicos, escuelas, hospitales y una colaboración verdadera que haga posible el renacimiento de su soberanía alimentaria, asesinada por el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial y otras sociedades filantrópicas.

Para nosotros, latinoamericanos, esa solidaridad es un deber de gratitud: será la mejor manera de decir gracias a esta pequeña gran nación que en 1804 nos abrió, con su contagioso ejemplo, las puertas de la libertad.

(Este artículo está dedicado a Guillermo Chifflet, que fue obligado a renunciar a la Cámara de Diputados del Uruguay cuando votó contra el envío de soldados a Haití.)

Eduardo Galeano, escritor y periodista. Alma crítica de América Latina y figura señera del movimiento antiimperialista internacional. Entre sus escritos más conocidos internacionalmente: la trilogía Memoria del fuego (1986), El fútbol a sol y sombra (1995), Las venas abiertas de América latina (1971), Patas arriba. La historia del mundo al revés (1999).


Página 12, 28 de septiembre 2011



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martes, 15 de febrero de 2011

"EL REINO DE ESTE MUNDO", DE ALEJO CARPENTIER, UN ESPEJO DE HAITÍ

Ramón Pedregal Casanova

Alejo Carpentier de este Mundo


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23:57h. del Lunes, 14 de febrero
Alejo Carpentier, cubano, cuenta en su novela “El Reino de este Mundo” una parte esencial de la Historia de Haití, la de los esclavos africanos en lucha contra el colonialismo francés, luego contra el tirano de su misma raza, asimilado al espíritu esclavista, y, como un correlato, advertencia de otros futuros, su posterior lucha contra el colonialismo francés de nuevo cuño pues aparece gente con el color de piel mezclado, más claro. Momentos distintos de la historia de Haití que hablan de un pueblo que fue el primero en darlo todo por su liberación desde antes de 1789, año de la Primera Declaración de los Derechos del Hombre, la Declaración de los Derechos de la Mujer se escribirían 3-4 años más tarde. Haití de los cimarrones, de los luchadores por la libertad, primer pueblo libre, y Carpentier se eleva y se hace total al mostrarlos combatiendo la barbarie occidental, aquí contra la monarquía francesa y sus continuadores, de quienes se armaron de convicción apasionada por su libertad. Carpentier de este Mundo. Tres rebeliones que enseñan al lector los cambios en la Historia, los vertiginosos y formidables empujones para terminar con los esclavistas. Haití tiene esa parte de su historia en la novela “El Reino de este Mundo”.


Da la entrada a la novela un diálogo de Lope entre el Demonio, que es el rey de Occidente, y la Providencia, en el que el Demonio pregunta: “¿Dónde envías a Colón para renovar mis daños? Y empieza la novela con una escena que es metáfora de los resultados de la revolución francesa de finales del siglo XVIII: mientras el amo se rasura en un establecimiento, el esclavo contempla en el escaparate cuatro cabezas de cera que parecen reales, figuras pálidas con sus correspondientes pelucas, separadas por una pequeña tabla de unas cabezas de terneros, las dos colecciones puestas sobre un tapete encarnado, y Ti Noel, el esclavo, se divierte pensando en aquél resultado. Pero no queda ahí la cosa, justo en la tienda contigua, una librería, parece remitirnos a los ilustrados que harían caer la esclavitud, mostrando colgadas cuatro estampas del rey de Francia y otras cuantas cabezas de la Corte, además de las de militares y jueces. También dice el narrador que había algunas de los “ingenios” que impulsaron la revolución, para terminar declarando que la representación de estos no era comprendida por Ti Noel, los esclavos. Los esclavos son el último escalón y son los que cambian el curso de la historia, son el personaje protagonista, colectivo, y dejan abierto el horizonte en la novela. Hay algo que destaca sobre lo demás: un grabado que representa a un embajador francés, siendo recibido por un mandatario negro, parece que se refiere a un futuro en el que Haití es independiente de Francia. En las actuales circunstancias de Haití ¿se puede decir que tal cosa se ha conseguido?

Carpentier, conocedor de la Historia de ese pueblo tan castigado, escogió tres revueltas de esclavos entre el siglo XVIII y el CIX para llevar a cabo una obra que nos muestre la raíz de los problemas causados por la explotación de la aristocracia y la burguesía francesas. Héroe de los civilizados esclavos, sí, civilizados esclavos, contra los salvajes franceses, sí, salvajes franceses, es Mackandal, capaz de convertirse en cualquier ser vivo para mejor confundir y combatir a los colonos, que además enseña a los esclavos su pasado, les deja en su memoria aquello en lo que se reconocen y les sirve de fuente de conciencia conforme les insufla, les surte, de energías para el combate; la memoria histórica enseña, Mackandal enseña, y el resultado se proyecta. Y así encuentran alguna voz solidaria que les da a conocer la abolición de la esclavitud alimentando y produciendo una rebelión contra los tiranos franceses que no quieren acabar con ella en Haití. El repuesto de los monárquicos franceses es un negro, pero un negro que se proclama rey y esclaviza a la población nuevamente. A este le sucederán los agrimensores que hablan francés y eran protegidos por un ejército de “Mulatos Republicanos” que expulsan a los campesinos, negros, de sus tierras, y hacen, terminada la esclavitud, la nueva ley que obliga a trabajar, aristocracia entre dos aguas, esa casta cuarterona que ahora se apoderaba de las antiguas haciendas, de los privilegios y de las investiduras.

Nuestro personaje protagonista aprende la historia de su raza y conoce y experimenta las transformaciones real maravillosas en otros seres naturales, advirtiendo que Mackandal, el esclavo cimarrón que admiró y de quien tanto había aprendido “se había disfrazado de animal, durante años, para servir a los hombres, no para desertar del terreno de los hombres,…, pues el hombre ansía siempre una felicidad situada más allá de la porción que le es otorgada. Pero la grandeza del hombre está precisamente en querer mejorar lo que es. En imponerse Tareas. En el Reino de los Cielos no hay grandeza que conquistar, puesto que allá todo es jerarquía establecida, incógnita despejada, existir sin término, imposibilidad de sacrificio, reposo y deleite. Por ello, agobiado de penas y de Tareas, hermoso dentro de su miseria, capaz de amar en medio de las plagas, el hombre sólo puede hallar su grandeza, su máxima medida en el Reino de este Mundo”. Y entonces la naturaleza se rebelará acompañando la rebelión de los oprimidos, una vez más “El anciano (Ti Noel) lanzó su declaración de guerra a los nuevos amos”.

Todos los acontecimientos en la cronología histórica tienen su propia fecha, que Carpentier las expone coincidentes en el tiempo novelístico, así como emplea el número de los capítulos para establecer paralelismos entre ellos creando un orden interno de funcionamiento. En la creación simbólica emplea ideas provenientes de fiestas cristianas para el surgimiento o final de personajes y aconteceres, buscando en la simbolización la intemporalidad. Hay un aspecto que caracteriza una parte de la literatura latinoamericana en sus historias, lo que Alejo Carpentier denominó “real maravilloso”, que en ocasiones encontramos comentarios críticos equiparándolo al “realismo mágico”. Carpentier, en el prólogo que escribe a “El Reino de este Mundo”, hay ediciones que no incluyen el Prólogo, y también en un libro de entrevistas de Ramón Chao a Carpentier (“Conversaciones con Alejo Carpentier”, en Alianza Editorial) al conversar sobre “El Reino de este Mundo” lo define de la siguiente forma, expongo un resumen de sus palabras: “Los diccionarios nos dicen que lo maravilloso es lo que causa admiración por se extraordinario, excelente, admirable. Lo extraordinario no es bello ni hermoso por fuerza. No es bello ni feo; es más que nada asombroso, todo lo que se sale de las normas establecidas es maravilloso,… Perrault define lo maravilloso. Hablando de las hadas, nos dice que lo mismo pueden emitir diamantes por la boca cuando están de buen humor que arrojar reptiles, culebras, serpientes y sapos cuando se enfurecen;… Todo lo insólito es maravilloso. Ahora bien, yo hablo de lo real maravilloso al referirme a ciertos hechos ocurridos en America, a ciertas características del paisaje, a ciertos elementos que han nutrido mi obra. …lo que él (Franz Roth) llamaba realismo mágico era sencillamente una pintura donde se combinan formas reales de una manera no conforme a la realidad cotidiana. …(el) realismo mágico… es una imagen inverosímil, imposible… (ejemplo) la pintura de Chagall, donde se veían vacas volando…, burros sobre techos de las casas,… elementos de la realidad, pero llevados a una atmósfera de sueño, a una atmósfera onírica. --- (En) La pintura surrealista está todo premeditado y calculado para producir una sensación de singularidad, … ejemplo los relojes blandos de Dalí.

Lo real maravilloso que yo defiendo es el que encontramos en estado bruto, la tente, omnipresente, en todo latinoamericano. Aquí lo insólito es cotidiano, siempre lo fue”.

En “El Reino de este Mundo” nos encontramos con fuerzas de la naturaleza que anuncian y empujan la historia, al esclavo que se convierte en insecto, pájaro o cualquier otro animal para pasar desapercibido ante los esclavistas, se nos cuenta que en la construcción de los muros del castillo se mezclaba cemento con sangre de toro para hacerlos más fuertes,…, lo real maravilloso está, no es una creación artificial ni artificiosa. Con Alejo Carpentier el trabajo revolucionario en el arte fue internacionalismo revolucionario cubano con el lenguaje y el espíritu de Latinoamérica, que al escribir sobre Haití nos rescata la Historia robada al pueblo haitiano por los colonizadores franceses, y en nuestros días por los imperialistas de un lado y otro del atlántico.

Título: El Reino de este Mundo.

Autor: Alejo Carpentier.

Editorial: Seix Barral, Booket, Planeta.

Ramón Pedregal Casanova es autor de “Siete Novelas de la Memoria Histórica. Posfacios”, edita Fundación Domingo Malagón y Asociación Foro por la Memoria (asociacion.foroporlamemoria@yahoo.es)



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